Primera parte. Introducción.
«Este cielo, por tanto, es distinto del cielo sin más: uno existe como forma y estructura, el otro, como forma mezclada con la materia.»
Aristóteles. «Acerca del cielo. Meteorológicos». Siglo IV a. C.
I.1. El techo de la naturaleza.
Es una mañana cálida, aunque no demasiado, de principios del mes de junio. Acabo de ponerme la mochila a los hombros y comienzo a caminar hacia la Vega de Urriellu después de abandonar el pueblo de Sotres, que, poco a poco, va dejándose de ver a mis espaldas, una imagen que recuperaré unos minutos más tarde al iniciar la ascensión hacia Pandébano.
Todo está especialmente tranquilo, o eso me parece a mí, pues en esta época del año casi todas las plantas y todos los animales están empeñados en sacar adelante una nueva generación, para lo que necesitan florecer y alimentarse. Esto convierte estos días en un periodo de actividad frenética para muchas de las especies presentes en el Parque Nacional.
La sensación de calma y tranquilidad, la sensación de que el tiempo se ha detenido, me digo a mí mismo, debe proceder del hecho de que todavía esta zona de Picos de Europa no ha sido invadida por visitantes, tal y como sucederá en los próximos meses. La ausencia de vehículos, más allá de aquellos que han aparcado los vecinos junto a sus casas, o el todoterreno que sube la pista hacia las alturas levantando el polvo que la fina lluvia posteriormente fijará al suelo y convertirá en una delgada capa de algo a medio camino entre tierra mojada y barro, debe ser lo que me transmite semejante sensación, pero no me quedo convencido.
Sigo caminando para acercarme al río Duxe, sin dejar de observar a mi alrededor y sin dejar de reflexionar, hasta que entiendo la razón de aquellas sensaciones personales, diría que no del todo agradables: la ausencia de viento. Ni una sola hoja se mueve, ningún remolino levanta la paja caída el día anterior en medio del camino, ningún flujo recorre el valle que se abre ante mi mirada exploradora. El paisaje parece pintado, eso sí, con tonos mate.
Levanto la cabeza un poco y noto el predominio del gris de las omnipresentes calizas. Sigo observando más arriba y encuentro esa uniformidad y densidad propias de los estratos que me impiden ver el cielo. Finalmente, entiendo lo que está sucediendo y de lo que, antes de llegar aquí, debería haberme percatado. Nos encontramos bajo la influencia de un potente anticiclón. Ahora lo veo en el mapa isobárico descargado en mi móvil, donde puedo confirmar la gran distancia que media entre las isobaras representadas, que me gritan a la cara: ¡calma chicha y nubosidad baja estratiforme! ¡Ya deberías saberlo!
No diré que estuviera avergonzado de mí mismo, pero tampoco estaba contento con la falta de acierto en la explicación de mis sensaciones aquella mañana en la que iba directo a alcanzar los 2.000 metros de altitud, subiendo las laderas de umbría coincidentes con uno de los dorsos de las diferentes escamas que constituyen parte fundamental de la estructura geológica de los Picos de Europa.
Por unos instantes, la cabeza se me llenó de nombres de personalidades que, o bien habían ascendido tantas montañas antes que yo, o bien se habían relacionado con ellas de una manera que, a mi modo de ver las cosas, era especial, y que me enseñaron los caminos hacia el conocimiento de las montañas: desde Petrarca a Edward Whymper, de Jean-Jacques Rousseau a Walter Bonatti, de Aníbal Barca a «El Cainejo», Casiano de Prado o Hugo Obermaier.
Entre recuerdos y ensoñaciones llegué presto al collado Pandébano, desde donde pude ver que las nubes habían adquirido el papel de «techo de la naturaleza». Solo acertaba a identificar distintos tonos de gris y algún blanco roto que resaltaba las formas ligeramente aborregadas, pero siempre interconectadas, que también daban forma a aquel cielo enladrillado.
Me paré unos minutos a un lado del camino para beber el agua que llevaba en mi cantimplora, descansar y, por supuesto, seguir observando. Vi una parte del camino restante, que se prolongaba por detrás de La Terenosa, y también vi cómo este se difuminaba primero y se perdía después en lo que, al tocar tierra aquellas nubes, cambiaba de nombre: la niebla.
Reanudé entonces mi paseo por las montañas y alcancé fácil y rápidamente la base de aquella enorme concentración de gotitas de agua suspendidas en el aire. Al adentrarme en su densa y casi opaca manifestación, sentí por primera vez, a modo de pequeños alfileres que quisieran atravesar mi piel, la maravillosa sensación de mojarme muy poco a poco y estar dentro de un mundo diferente, con un ritmo aún más pausado.
La visibilidad se reducía más y más a medida que avanzaba, y los pelos de mi barba capturaban aquella humedad atmosférica que pronto se convirtió en ligero «orbayu». Sí, estas nubes no suelen dejar precipitaciones, al menos verticales, pero sí mojan cuando estás dispuesto a navegar en su seno.
Tras poco más o menos una hora de caminata entre la niebla, minutos en los que los sonidos se hacían especialmente apreciables por su pureza en la transmisión y claridad en la percepción, comencé a ver relieves a mayor distancia y sentí cómo la luz se abría paso con mayor eficacia entre la niebla.
De repente, un treparriscos pasó por delante de mí con vuelo rasante y, seguidamente, alcanzó la parte más alta de un bloque calizo desprendido hace siglos de las vecinas paredes rocosas. Permaneció el tiempo suficiente cerca de mí como para ser observado e identificado, pero no tanto como para poder sacar una buena foto del bellísimo animal. Al menos pude disfrutar de este raro encuentro con mi ave alpina preferida.
En cuanto echó a volar, me vi obligado a seguir su vuelo, que lo llevó aún más lejos y más arriba, allí donde ya se abrían claros en la espesura de esta fluida envoltura y se volvía a ver el camino, esta vez zigzagueante, alcanzando ya la base del Picu Urriellu.
Estaba a algo más de 1.800 metros de altitud y a punto de dejar definitivamente atrás la escasa visibilidad, la elevada humedad y el agradable frescor que me había transmitido su tacto. Había atravesado la capa de estratos que ahora observaba desde la atalaya natural que representa el último escarpe antes de alcanzar el refugio Delgado Úbeda, más conocido como refugio de la Vega de Urriellu.
Desde aquí la visión era definitivamente otra, ya que el sol bañaba la roca y hacía brillar las nubes, que se prolongaban hasta el horizonte convertidas en un manto regular que conocemos como «mar de nubes».
Este relato bien podría haber sido escrito por cualquier otro montañero que se hubiera acercado a este icónico lugar del territorio asturiano a finales de primavera, a lo largo del verano y, muy probablemente, en los estadios iniciales de un otoño cualquiera, porque, cuando uno se acerca a los Picos de Europa, ya visibles desde la distancia, independientemente del punto cardinal del que proceda, difícilmente verá estas montañas sin nieblas o algún tipo de nube que, de una manera u otra, interactúe con tan erguidos relieves.
Por supuesto, en la zona se cuenta con días en los que los cielos permanecen totalmente despejados; sin embargo, son los menos. Esto era seguramente de esperar, pues las montañas que ahora nos ocupan se localizan en una zona dominada, aunque con muchos matices, por las condiciones propias de un clima oceánico, es decir, abundantes precipitaciones, elevada humedad relativa y, tal y como veníamos diciendo, la presencia habitual de nubes.
Este hecho llega a tal punto que, seguramente, ninguna de las personas que viven en los Picos de Europa o en zonas aledañas entiende su propia vida sin tener presentes los cielos cubiertos, las nieblas persistentes y los días en los que la llegada de la luz solar a la superficie terrestre se ve comprometida.
Los pastores agradecen y sufren la presencia de las nubes bajas y la niebla casi en la misma proporción; los visitantes del Parque Nacional hilvanan sus planes de acuerdo con el pronóstico meteorológico proporcionado y, sobre todo, con la previsión de nieblas que limitan la visibilidad, sobremanera cuando su objetivo es conocer los lagos de Covadonga; también la vegetación de la zona se ve muy positivamente afectada por el aporte de humedad y la reducción de la insolación y la temperatura; por no hablar de humedales y cursos fluviales.
En definitiva, las nieblas y las nubes son una parte indisociable de este conjunto montañoso, que no sería el mismo sin ellas.